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Esta semana hemos dedicado la sesión del taller de escritura creativa de Las Conchas a los putrefactos, un proyecto inacabado entre Salvador Dalí y Federico García Lorca. En los años de la Residencia de Estudiantes, desarrollaron el concepto de “putrefacto”, que aludía a “todo lo que se tenía por anticuado, trasnochado, inmovilista o patético-sentimental”. Este era el sentido figurado que daban a lo “putrefacto” que, literalmente seguía haciendo referencia a lo podrido y maloliente.

De hecho, el también partícipe de la generación del 27 y del mundillo de la Residencia de Estudiantes, Pepín Bello no dejó más obra que su “cuento putrefacto”, un pequeño relato que giraba en torno a ambos conceptos.

El libro de los putrefactos fue tomando forma con los dibujos de Dalí y hasta estuvo en imprenta, a falta de un prólogo de Lorca que nunca llegó. Con el tiempo, Rafael Santos Torroella reunió los dibujos que hizo Dalí y que habían acabado dispersos en manos de coleccionistas. Con ellos, editó un volumen dedicado a este proyecto inacabado entre los que encontramos las siguientes imágenes:

Dibujo de Dalí titulado "Putrefacto lector"

Dibujo de Dalí titulado “Putrefacto lector”

Dibujo putrefacto de Dalí titulado "La pesca"

Dibujo putrefacto de Dalí titulado “La pesca”

Como ejercicio de escritura creativa, en el taller nos han encomendado la tarea de crear una “historia putrefacta” en torno a uno de los dos dibujos anteriores. En mi caso, he elegido el segundo titulado “la pesca” y de ahí ha surgido este particular relato…

Viaje putrefacto

Si Antonio estaba balanceándose en medio de la nada era porque se había cansado del olor a cremas. Exacto, ese edulcorado perfume a juventud eterna y a complejos a flor de piel. Antonio había sido delegado comercial de la empresa de dermocosmética líder en el mercado; en definitiva, se había encargado de vender cremas a peluquerías y centros de estética en una región perdida del interior de España.

Antonio recordaba el dato desde su barcaza perdida en medio del océano. Y sonreía, aunque nunca sabremos si sinceramente. A Antonio le costaba sacarse de lo más recóndito de su ser los vicios adquiridos en su etapa comercial. Sonreír era una de esas manías. Siempre sonreía, con independencia de la situación y de sus sentimientos al respecto. “Esta es mi tarjeta, no dudes en llamarme si tienes alguna pregunta”, solía decir, y sonreía. “Si os interesa algún lote en particular, puedo calcular el presupuesto sin ningún tipo de compromiso”, solía decir, y sonreía. “No hay problema. Y… ¿por qué os habéis decidido entonces por la otra marca? Esta información nos es muy útil para mejorar nuestro servicio y nuestros productos”, solía decir, y sonreía.

Pero ahora el entorno y la situación eran muy distintos y él seguía sonriendo: no preguntes por qué. Razones, pocas tenía. En soledad, miraba los luminosos mandos de su barco. En medio de la noche, aquel cacharro seguía funcionando solo y le había condenado a vagar sin remedio y sin dirección en medio del océano. Sintiéndose un inútil ante tal tecnología, Antonio salió a la ondulante cubierta con las manos en los bolsillos.

El ex delegado comercial se había refugiado en el vacío acuoso del mar con la única compañía de su iPad lleno de mapas, libros y alguna que otra carta de amor trasnochado. Pensaba así desentenderse de tanta putrefacción disfrazada de perfumes y potingues. Para Antonio no tenían secretos: sabía de qué estaban hechos y conocía su proceso de fabricación al completo. Y cuando salía el tema, prefería no hacer comentarios. Había vivido y vivía en un mundo putrefacto.

Pero para putrefacto, el nuevo plan de vida que había elegido Antonio. Se había deshecho de todos sus trajes de corbata y de todas las tarjetas de visita que tenía y había decidido cambiar de aires. Toda su vida le olía a cremas. Su casa, su ropa, su escaso pelo, su coche, hasta sus costumbres emanaban ese dulzón perfume a mentira. Escapando de un paisaje estepario, se había lanzado al mar para quitarse de encima tal olor.

Su plan A pasaba por acostumbrar su nariz al aroma de la sal y al de la más romántica libertad. Y, una vez curado tras este retiro de purificación, volver renacido y empezar una nueva vida. Antonio, ingenuo. Querías huir de la putrefacción que identificabas con una sociedad hipócrita y no has hecho otra cosa que darte de bruces con la podredumbre más inmunda. Te has perdido en medio de un océano eterno que huele a pescado podrido, a agua estancada y a proliferación de algas tóxicas. ¿En qué estabas pensando? Tú que no tenías ni idea de navíos, ni de coordenadas, ni de mar. Has perdido el rumbo, Antonio, asúmelo. Te olvidaste el librillo de instrucciones del barco y este, más listo que tú, ha decidido obviar tu opinión.

Antonio se aferró a la barandilla del barco. Su plan B estaba igual de podrido que su plan A. Si el destino le había puesto a navegar a la deriva siguiendo una dirección marcada por un GPS estropeado, no podía hacer otra cosa que aceptarlo y depositar sus esperanzas en el plan B. Y esta tabla de salvación tenía un olor a tripas despedazadas y mezcladas con aguas fecales. Antonio inspiraba con fuerza, deseoso de identificar aquel aroma que era el que precedía a encontrar un pedazo de ámbar gris. Sonrió de nuevo, al dedicar uno de sus pensamientos a la mente brillante que le había puesto aquel nombre de joya al vómito de una ballena. Pero no era una regurgitación cualquiera, el ámbar gris se cotizaba cuál obra de arte consagrada y unos cuantos gramos valían millones en el sector de la cosmética.

Ese era su plan B, el proyecto altamente improbable que mantenía su desesperación a raya. Antonio observó el firmamento estrellado que se cernía sobre él en un cielo paradójicamente limpio de nubes. Su barco navegaba bajo la brillante mirada de la basura espacial y sobre las toneladas de desperdicios acumuladas en la profundidad abisal de las fosas marinas. Nuestra existencia no es más que un despojo mugriento del universo. Ante eso, no hay nada que yo pueda hacer, pensó por pensar.

 

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