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Esta semana en el taller hemos practicado la escritura automática como forma de romper con la tragedia de enfrentarse al folio en blanco. Fue una sesión muy divertida pero no me gustó lo que salió que yo, como siempre digo, necesito rumiar bastante antes de lanzarme a escribir algo. Pero no iba a dejar de actualizar el blog, por lo que he decidido recuperar una historia antigua.

Escribí este relato a raíz de una de las primeras sesiones de esta temporada en el taller de escritura. La sesión estuvo dedicada al circo y a su relación con la literatura y la música. La propuesta de escritura que tuvimos sobre la mesa consistía en escribir un texto sobre el circo, pero con la particularidad de que había que sacar a uno de los personajes de la carpa y contar cómo era su vida más allá de la pista.

Este fue el resultado de este ejercicio de escritura creativa:

La doble vida de Elsa

Elsa tenía un problema y este era tan grande que dominaba su vida de principio a fin. Y es que había elegido llevar una vida marcada por el directo. Ella, amante del control, no soportaba admitir que su vida pendía del fino hilo del error y que todo su esfuerzo en la sombra podía verse arruinado por el calor de los focos o por un leve temblor en su cuerpo.

A Elsa le gustaba tener la sartén por el mango, por eso nunca entendió por qué había acabado en aquella escuela en Madrid. “Es la mejor”, se repetía, como postrera justificación de su situación. Y de esa afición por el control había nacido su pasión por el equilibrio y el orden. Era contorsionista y acróbata, y no por fruto del azar. En solitario, Elsa se ahogaba en la timidez. En grupo, brillaba como ninguna otra.

Las largas jornadas de ensayo eran ejecutadas con emoción por Elsa. Volvía a casa satisfecha, pero agotada por el esfuerzo y, aun así, reunía el necesario ímpetu que brotaba del miedo y alimentaba la mentira en su vida. Para el mundo exterior, Elsa era una taciturna estudiante de economía. Nadie conocía el verdadero origen del sudor que perlaba su frente cada día. Los únicos equilibrios que decía hacer Elsa era con los números.

Elsa no podía soportar que gente cercana, como eran sus compañeros de piso, acudiesen a alguno de sus espectáculos. Les odiaba y envidiaba a partes iguales: deseaba, codiciosa, su existencia vivida en off, sin necesidad de cumplir estrictas obligaciones. Salían y entraban sin importarles la hora. Veían la televisión languideciendo en el sofá mientras comían pizza. Despreocupados, su realidad giraba en torno a las clases y solo sufrían pequeños sobresaltos en época de exámenes. Vivían anónimamente, sin focos apuntándoles, permitiéndose tropezar en el camino: ya se levantarían mañana. Y Elsa se asfixiaba con tan solo pensar en tropiezos.

“No te preocupes por los platos… Jorge y los demás van a venir esta noche antes de la fiesta de Laura… Mañana ya lo recojo…”, decía desde el sofá Arturo, futuro ingeniero. Y Elsa callaba y tragaba saliva. Arturo nunca pagaría aquel descontrol. Viviría haciendo cálculos en diferido, sin tener que enfrentarse a la mirada juzgadora de auditorios enteros. Elsa envidiaba aquella falta de disciplina que ella nunca podría llegar a permitirse. Dentro del circo, se agazapaba bajo una coraza circense, maquillada profusamente antes de cada espectáculo. Fuera, Elsa se pintaba de extrema normalidad para así pasar desapercibida. Fingía preocuparse por asignaturas inventadas y comulgaba con el desorden de su piso estudiantil. La Elsa de verdad, solo ella la decía conocer.

 

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