Tiempo de lectura estimado: 3 minutos

En el Taller de Escritura de las Conchas nos sirve cualquier tipo de tema como punto de partida para enredar relatos. Lo bueno es que tal variedad azuza la imaginación y nos fuerza a ir un poco más allá a la hora de inventar historias. Este ha sido el caso de la sesión que dedicamos al infierno. Sí, habéis leído bien, al infierno. Leímos textos de Dante Alighieri, Aldous Huxley, Luis Buñuel… en los que cada autor delineaba el infierno de una manera diferente.

A raíz de estas lecturas surgió una animada conversación que evocaba las historias de niñez de muchos de los asistentes a la sesión. Me dio la sensación de que hacía unas cuantas décadas el infierno (ese inundado de fuegos y sufrimientos) estaba mucho más presente en la escuela y en la infancia. En mi caso, estas clasificaciones de tipos de infiernos y pecados, digamos que perdieron sus detalles. Asuntos de cada época, supongo.

De modo que, como no podía ser de otra manera, la tarea encomendada consistía en escribir un relato ambientado en el infierno: “di, en forma de microrrelato, poema o texto descriptivo o reflexivo qué entiendes por infierno o cómo es. Procura evitar los clichés y los tópicos y proponer una idea original del infierno”.

Y, tras muchas vueltas, esta es mi propuesta, que se aleja quizás de a lo que os tengo acostumbrados 😉 Ah, y antes de nada, agradezco a mi compañero Juanma por haberme echado una mano en la parte gráfica de este relato: ¡gracias, Juanma!

Desde el infierno

Siempre he pensado que el infierno lo tenemos dentro. Se presenta en forma de dilema. El infierno está edificado sobre sentimientos de lucha sobre qué camino tomar. Todos conocemos nuestro infierno de cerca. A veces aflora de repente y nos sorprende lo próximo que estaba. Se puede elegir cultivarlo y que crezca, o resistir y ponerlo en su lugar, lejos. El infierno va más allá de situaciones concretas – catastróficas, desesperadas – porque él mismo es el motor que las ha puesto en marcha.

Es paradójico, porque el nacimiento del infierno tiene mucha de la pasta que forma ese tipo de  situaciones desesperadas. Ahora mismo me encuentro colgando de un pétreo precipicio y no se me ocurre otra cosa que ponerme a teorizar con pluma y papel. Pero me sirve para ordenar mis pensamientos.

Estoy en el mismo centro del infierno: este precipicio separa un abismo tentador, cómodo y cínico, de una superficie pedregosa, dura, empinada. Me da miedo aflojar los brazos. “¿Resistirá mi conciencia tal batacazo?”, me pregunto. Si acepto dejarme caer, no podré decir la tengo limpia; es probable que los remordimientos me acompañen siempre, aunque los domine con un nivel de vida con que jamás habría soñado. Si ocurre, la vida sigue. Eso está claro. Qué fácil es dejarse llevar.

Me están empezando a doler los dedos de tanto pensar y me cuesta mover las piernas para intentar incorporarme y volver a la senda recta… ¿Cómo he llegado a esta situación? Yo me había hecho una promesa a mí mismo: nunca repetiría los errores de siempre, de sobra conocidos. Si es que íbamos a hacer las cosas diferentes, yo el primero. Cuando empecé esta empresa, el infierno estaba lejos. Éramos inmunes. Ahora, todo encaja: el infierno solo se había disfrazado de promesas de cambio. Ya lo noto acariciando mis pies, empujándome a aceptar, a dejarme llevar, a asegurar mi futuro. Fácil, de golpe, sin más miramientos. Un leve movimiento de dedos y la inercia haría lo suyo…

Tiré la pluma en la mesa y me levanté, empujando la silla hacia atrás con un golpe seco. Me llevé las manos a la cabeza. Mis sienes palpitaban. Di vueltas en la habitación del todavía humilde apartamento. Suspiré y me apoyé en la mesa, mirando los papelajos desordenados que había encima: folletos encontrados en el buzón, folios manuscritos con los que intentaba ordenar mis ideas, tickets de la compra…

Si es que… ¿Para qué escribía? No tenía sentido divagar. O aceptaba la operación o me despedía. O caía o me incorporaba preservando una ética, pero iniciaba un enfrentamiento directo con todos, con el mundo. ¿De verdad no había otra salida? Estaba tan cerca del infierno… tiré todos los papeles al suelo con rabia. Solo uno quedó en la mesa, era un folleto al que no había prestado mayor atención:

Folleto de Infierno S.A.

Ya me habían localizado.

***

Si os habéis quedado con ganas de más, en el blog del Taller de Escritura de Las Conchas podéis encontrar más relatos sobre el infierno del resto de participantes en la sesión.

Para terminar el post, os dejo una cita de Aldous Huxley que invita a la reflexión:

¿Y si este mundo fuera el infierno de otro planeta?

Y vosotros, ¿qué opináis?

 

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