Tiempo de lectura estimado: 8 minutos

El post de hoy es especial por múltiples razones…  🙂 porque supone mi vuelta a la publicación y ¡porque viene cargado de imágenes! Habréis notado que he estado ausente del blog durante algunas semanas. El mes pasado apenas tuvimos taller de escritura al coincidir las fechas festivas en lunes, así que nos hemos encontrado con unas vacaciones forzadas bastante prolongadas. Sin embargo, aproveché este tiempo extra que dan los festivos para darme una divertida vuelta por el Barrio del Oeste en Salamanca, donde se celebró el VI Concurso de Galería Urbana. Para los que me leáis desde otras latitudes, este concurso convoca todos los años a artistas para que plasmen sus obras de arte urbano en paredes, puertas de cocheras y edificios del barrio. En cada oleada eligen a los participantes ganadores, pero los murales de todos quedan instalados en esta zona de Salamanca.

¿Y a qué viene tanta explicación? Digamos que en esas semanas de vacío de taller, me inventé la tarea y me propuse escribir sobre uno de los nuevos murales. ¡Y resultó ser el ganador del concurso! Se llama “Extracción de la piedra de la locura” y su autor es el italiano afincado en Madrid Michelangelo Marra (alias Duerama) del colectivo NSN997. Se trata de una pintura muy sugerente:

Extracción de la piedra de la locura de Michelangelo Marra

“Extracción de la piedra de la locura”. Fotografía de ZOES. Haz clic para ampliar la imagen.

Llama la atención, ¿verdad? El autor comentó en prensa que se basó en la siguiente obra de Van Hemessen:

Cuadro cirujano Van Hemessen

Yo no conocía este cuadro en particular, pero sí la versión del mismo motivo de El Bosco y esta es la que me vino a la cabeza al ver el mural de Michelangelo Marra (aquí podéis encontrar una completa interpretación de esta obra de El Bosco):

Extracción de la piedra de la locura de El Bosco

De modo que me puse manos a la obra (nunca mejor dicho) y partiendo del mural pintado en un garaje escribí el siguiente relato: ¡a ver qué os parece!

Extracción de la piedra de la locura

Que Isabel dijese que la reunión había marchado bien no significaba nada. Aunque a ella le costase entenderlo, su hijo y su marido la conocían ya demasiado bien. Por ello, el joven Tomás optó por cenar con prisa para refugiarse cuanto antes en su habitación. En silencio, el hijo miró de reojo a su padre y se compadeció de él. José masticaba pensativo, sin percatarse de la mirada de Tomás. Lo que hacía en realidad era disfrutar de la calma de la cena y así coger fuerzas para lo que vendría después. En el fondo, sabía que era inevitable, que debía escuchar con paciencia a su mujer. No era la primera vez que vivía una tragedia dialéctica similar.

Isabel terminó de servirse la merluza en salsa y empezó a comer con un gesto de preocupación marcado en la cara. Quería ocultarlo tras una defectuosa máscara de normalidad, pero ese tic del que ella no era consciente la delataba. Cuando estaba dándole vueltas a algo, arrastraba su cabello y lo colocaba detrás de la oreja. Una y otra vez. Aunque se quedara sujeto ahí, seguía deslizando sus dedos por el pelo. Era la señal.

La reunión en el instituto había ido bien, se decía una y otra vez Isabel. El tutor de Tomás era muy observador y eso era algo que ella agradecía. También valoraba la sinceridad del profesor, que tenía la suficiente confianza para facilitarle toda la información relacionada con su hijo. Sin duda, Isabel tenía que abordar el tema con Tomás, pero lo haría sin lanzarse a lo loco: quería servirse de cierta estrategia. Por ello, el momento de la cena era un impás necesario. Más tarde, trazaría con José el plan de acción que seguir.

Tomás huyó de la mesa arguyendo que debía terminar una redacción en inglés. Más valía que aprendiese a escribir decentemente en su idioma, pensaba Isabel. Pero ya se sabía que los planes de estudios encerraban paradojas que no se entendían a pie de calle. Y ese desfase entre la realidad del futuro que se les venía encima y el aprendizaje educativo estaba mellando la voluntad de Tomás y llevándole por un mal camino, pensaba su madre.

La pareja se quedó sola terminando de cenar. José acababa de trocear la naranja, dejando pequeños chorros de jugo saltar de la fruta. Isabel ya se había comido el kiwi. Esta vez le había tocado uno dulce: parecía que el destino quería aplacar el amargor interno que traía en el cuerpo desde el instituto. “Ya me ocupo yo de recoger”, dijo a José, que asintió con la boca llena de zumo cítrico.

Isabel prefería quedarse sola en la cocina y pensar con mayor concentración para luego compartir unas cavilaciones bien ordenadas con su marido. José vio la luz: al menos tendría un rato para él, para poder relajarse antes de enfrentarse a los dilemas de su mujer. Con las manos pringadas de naranja acercó los últimos cacharros a la encimera y se escabulló a la habitación. Colgó la bata en el perchero y retiró las sábanas, deslizándose por el hueco en la cama de matrimonio.

El único ruido que llegaba a sus oídos era el chorro de agua de la cocina y los choques de platos al colocarlos en el lavavajillas. Se preguntó qué estaría haciendo Tomás, el hijo; si realmente se estaría afanando en terminar las tareas del instituto o no era más que una excusa. Su cuarto estaba al otro lado del piso y de allí no brotaba ni una sola onda de sonido. José tomó el libro que descansaba en su mesilla – un best seller que le regalaron en Navidad – y se zambulló en la historia – una de crímenes sin resolver.

La tranquilidad no le duró mucho. Isabel asestó tres golpes finales cerrando las puertas de los armarios en la cocina y pocos minutos después, tras pasar por el baño, ya estaba cambiándose de ropa en la habitación con una mezcla entre torpeza y apremio. Entornó la puerta y arrancó:

– José, tenemos que hablar. No todo fue tan bien la reunión con el tutor. – lanzó mientras dejaba las zapatillas en el suelo. José desvió la vista del libro que sujetaba delante de sus narices.

– ¿Se le ha torcido el curso? – preguntó a su mujer. – Pero si parecía que lo llevaba bien. Hasta sacó algún notable el trimestre anterior, ¿no?-dijo como hablando para sí. Isabel retiró las sábanas y se sentó girada hacia José.

– No se trata de eso. De hecho, Javier, el tutor, dice que no lleva mal este trimestre, que es un chico bastante constante. – dijo Isabel, paciente, mientras se tapaba las piernas con las sábanas y se quedaba sentada apoyando la espalda en el cabecero de la cama.

– Entonces, ¿dónde está el problema? – dijo el padre, colocando su best seller boca abajo sobre su regazo para no perder la página.

– Está en la reunión de orientación que tuvieron con cada alumno. Javier me ha explicado en confianza las ideas que está considerando Tomás para su futuro.

– Ay, Isabel. Otra vez con lo mismo… ¡Pero si tiene 15 años! ¡Cómo va a saber qué quiere hacer!-dijo José, colocando el marcapáginas en el libro. Vistos los derroteros por los que se estaba yendo la conversación, entendió que la lectura había acabado aquella noche.

– No empieces tú también, José. Importa ¡y mucho! El año que viene ya tiene que elegir qué troncales prefiere hacer y, de esa decisión, dependerá la rama que coja más adelante… Pero, calla, déjame terminar.- José suspiró y asintió, poniendo los ojos en blanco. – Dice el tutor que en las charlas de orientación ha comentado que quiere ser matemático o ingeniero. – terminó Isabel, aguardando que su marido se escandalizara igual que ella.

– Pues si a Tomás le gusta hacer cálculos y se le da bien… Isabel, te repito que aún es muy joven.- dijo, intentando mantener un tono sosegado.

– José, tú no lo entiendes, ¿verdad? Hay que reconducir esas ideas que tiene. Que quiere ser ingeniero. Pero, ¿qué es lo que quiere hacer con su vida? ¿Morir de asco? ¿Soy yo la única que se da cuenta? Por Dios, José, si sale todos los días en la televisión. En el futuro con lo que se ganará dinero es con las carreras de letras: filosofía, humanidades, literatura, historia. Elige.

– Sí, lo dicen en esos canales que ves tú, pero a saber. Es algo que yo no tengo tan claro. – dijo José, sin ser capaz de parar el torbellino en el que se había convertido su mujer.

– Pero tiene todo el sentido del mundo. ¿Por qué? Porque la llegada a Marte es inminente y ya no se trata solo de técnica, se trata de ética. Apenas quedan filósofos en este mundo. Ha habido demasiada ciencia ya. Ahora de lo que se trata es de ver qué hacer con tanta ciencia.

– Te doy la razón solo en que estamos cada vez más cerca… Pero, pongamos que tira por letras: ¿no llegará tarde? Hasta que Tomás se pueda graduar, por lo menos pasarán más de siete años.- el padre hizo una pausa, pero, al mirar a Isabel comprendió que ya hacía tiempo que había dejado de escucharle.- Venga, Isabel, deja al chico. No puedes anticipar el futuro por mucho que quieras. – concluyó José, queriendo terminar la conversación e irse a dormir… Isabel le ignoró y continuó con su discurso:

Hay que quitarle el ordenador. Tiene que centrarse un poco. ¿Y si le suscribimos a alguna revista cultural? ¿Y si le apuntamos a alguna actividad en la biblioteca? – se giró, inquiriendo a José con la mirada para después desviarla y seguir hablando: – Tenemos que cultivar en Tomás el gusto por lo estético, por lo profundo, por lo humano y universal. Que se haga las preguntas que todos en nuestra adolescencia hemos hecho. Que intente indagar, ver cómo resolverlas y dejar de ver tantas tonterías en internet. Claro, que nosotros estudiábamos estas cosas en el colegio. Ahora, con los cambios, ya nada. – suspiró. José ya sabía que por mucho que quisiera intervenir, su mujer había entrado en otra dimensión de la que era casi imposible sacarla.

» ¿Sabes? – siguió Isabel – Están moviendo los hilos para devolver estas asignaturas a la escuela, pero de es sobra conocido que ya solo se estudiarán en los colegios privados, centros que nosotros no nos podemos permitir pagar. De modo que hay que conseguir hacerle cambiar de opinión y sacarle esa locura de la cabeza.

– Y eso lo decidiremos mañana porque, vista la hora, yo necesito descansar. – cortó José, apagando la lamparita de su mesilla. Isabel pareció volver a esta realidad:

– Mira que eres bruto. El futuro de nuestro hijo es algo de lo que tenemos que hablar.

– Y mañana será el mejor día para hacerlo, ¿no te parece? Mi opinión es que con una pensadora en la familia es suficiente, pero veremos qué opina él de todo esto…-dijo José mientras se daba media vuelta en la cama.

Isabel comprendió que el tiempo de reflexión común con su marido había acabado, pero ella seguiría pensando en una solución para llevar a Tomás por la dirección adecuada, la que le aseguraba una vida de éxito. Resignada ante la actitud de su marido, se tumbó en la cama y alargó la mano para apagar la luz.

En el otro lado de la casa, Tomás aún mantenía la lámpara encendida y leía en su cuarto de adolescente.

 

PD. Podéis encontrar en esta página de la asociación del Barrio del Oeste el resto de obras participantes en el concurso. ¿Os gustaría que escribiese sobre otro de los murales?

Artículos relacionados:

¿Quieres compartirlo?Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedIn