Macedonia Narrativa

Blog literario y de escritura creativa

Escribiendo sobre la lluvia: llueve sobre Mojados

Tiempo de lectura estimado: 5 minutos

La última sesión del taller de escritura creativa ha tratado el tema de la lluvia. Parece ser que el escritor está más predispuesto a tejer historias en días lluviosos y, queriendo imitar este torrente creativo nos hemos propuesto utilizar la lluvia como parte esencial de nuestros relatos. En primer lugar, el ejercicio instaba a pensar en diez conceptos ligados a la lluvia para después utilizarlos como parte de la historia.

Además de tener en cuenta estas ideas, Raúl repartió una serie de tarjetas de la caja-libro “Ur: libro de lluvia. Junto con estas ilustraciones relacionadas con la lluvia nos encontrábamos con unas láminas de acetato que, superpuestas, daban intensidad y color a la lluvia, completando la composición. Aquí comparto la tarjeta que me tocó (perdón por la calidad de la foto, que fue hecha con prisa):

Persona de rodillas, Ur: libro de la lluvia

Entonces, uniendo los 10 conceptos junto con la imagen de la tarjeta, el ejercicio de escritura creativa consistía en “imaginar que las palabras son una lluvia fina que poco a poco nos cala por dentro. Escribe un texto sobre la lluvia. Empápate de palabras”.

Mis diez ideas eran las siguientes: renacer, barro, tráfico, lágrima, ropa tendida, cementerio, tristeza, cristal/ventana, tierra y charcos. También añadí a posteriori tiempo y nostalgia. Y este es el resultado:

Llueve sobre Mojados

Bárbara escuchó aquellos latidos irregulares provenientes del canalón y supo instantáneamente que la lluvia se asomaba a las ventanas de su casa. Se levantó de la silla como un resorte y, con cuidado, caminó aprisa hasta llegar al patio de luces. Por suerte, la casa no tenía secretos para ella. La terraza daba a un hoyo blanco sorteado de oscuros tragaluces de los que colgaban prendas recién lavadas. Una vez más, ganó a su madre y a su hermano detectando el chaparrón, y llegó justo a tiempo para retirar la ropa seca antes de que terminara pasada por agua. De vez en cuando, con las prisas, a Bárbara se le escapaba algún calcetín que acababa cayendo en el patio del primero. Pero su madre se guardaba el secreto y bajaba a pedírselo a la vecina en silencio, dejando a Bárbara disfrutar de su momento. Adelantarse y recoger la colada antes que nadie era una de las pocas cosas que le devolvían la ilusión desde el accidente.

Con el tiempo, la joven había conseguido reconciliarse con la lluvia hasta llegar a perdonarle el papel que tuvo en el accidente. Pasó meses enteros repitiéndose machaconamente la misma pregunta, sin encontrar respuesta alguna: “¿por qué decidimos coger el coche en medio de la tormenta?”. Y una corriente de tristeza y dolor recorría su cuerpo cada vez que el aguacero caía sobre las calles de su pueblo castellano. Apenas guardaba imágenes del accidente, pero sufría el dolor del recuerdo posterior. Tenía grabado su despertar, el momento en el que tuvo que despejar la incógnita de la ecuación más difícil de su vida. Y es que la combinación fatal entre tempestad y tráfico dio como resultado la ausencia de un padre para siempre.

Los médicos le dijeron a su madre que “había vuelto a nacer”. Eso sí, no en las mismas condiciones. El milagro no había sido gratis: esta segunda oportunidad la pasaría viviendo a ciegas y en un cuerpo remendado de arriba abajo. Por ello, Bárbara se terminó dando cuenta de que, privada de la vista, la lluvia era uno de los pocos elementos atmosféricos que podía sentir en una tierra asolanada, cuyo paisaje estaba definido casi siempre por la intensidad variante de los rayos del sol. Porque, a pesar de que su pueblo se llamase “Mojados”, no era excepción a la regla castellana.

En otro tiempo, el agua había sido un incordio para ella. Odiaba caminar con los pies mojados, arrastrar los bajos del pantalón llenos de barro y llevar las gafas moteadas de gotas que emborronaban su visión. Esos días grises privaban del buen ánimo a cualquiera y más en una tierra tan poco acostumbrada. Sin embargo, en su nueva situación, Bárbara había aprendido a admirar los días de lluvia: ya le daba igual pasear con las gafas chorreando y se había comprado unas botas de agua para caminar sin miedo sobre los charcos.

Faltaban pocos días para la fecha del fatídico aniversario y aunque había recuperado cierta normalidad en su vida e incluso había vuelto al instituto, seguía sintiendo miedo. Mojados no era muy grande pero lo suficiente para perderse y acabar siendo, una vez más, el tema de conversación. También sentía miedo ante la perspectiva de tropezar y sufrir otro percance de nuevo. Por eso, nunca salía sola a la calle, su hermano o su madre siempre la guiaban. Y sin embargo, sabía que aquello no podía durar para siempre. Necesitaba volver a ser dueña de sus pasos y aceptar, por fin, su ceguera.

Y aún tenía una deuda pendiente con su padre, casi un año después. Le habían enterrado mientras ella estaba en el hospital con un pie en otro mundo. Y Bárbara nunca llegó a ir al cementerio, por evitarles el mal trago a sus acompañantes. Hasta aquel sábado gris. Si estaba lloviendo, tan cerca de la fecha, era por algo. Bárbara siempre decía que, en Castilla, la lluvia elegía sus momentos a conciencia. Por ello, aprovechó un instante de soledad en casa para enfundarse su chubasquero y sus botas de agua, mientras agudizaba sus oídos, buscando identificar el tipo de lluvia al que se iba a enfrentar. Había empezado siendo un sirimiri pero ya pinteaba; era una lluvia agradable.

No cogió paraguas, no se manejaba bien con él y con el bastón a la vez. Bajó las escaleras con sigilo, haciendo memoria y ordenando la ruta que debía seguir. El cementerio se encontraba relativamente cerca de su casa. Abrió la puerta del portal y recibió una bofetada de humedad y aroma a tierra mojada. Desde el umbral, sacó la palma de su mano para medir el calibre de las gotas. Adelantó su bastón y dio el primer paso, intentando desterrar los terribles pensamientos que acampaban en su cabeza desde hacía un año.

El viaje tenía algo de iniciático. Bárbara andaba despacio, pero no tenía prisa: hasta mediodía no volverían a casa. Las vibraciones constantes de los adoquines rayados en las aceras dieron paso a la superficie silenciosa del asfalto. Ya casi fuera de Mojados, las calles se estrechaban y las aceras desaparecían. Sabía que iba en buena dirección gracias a las ráfagas de sonido que dejaban los coches tras de sí y que sentía cada vez más cerca. El cementerio estaba a las afueras, justo al lado de la transitada carretera que conectaba el pueblo con la autovía. Pronto dejó atrás el asfalto y sintió cómo sus botas se hundían en el embarrado camino que desembocaba en el cementerio.

El bastón se deslizaba con mayor dificultad por la irregularidad del terreno, lleno de piedras. La lluvia arreció y cobró fuerza, pero no le importó. El viento soplaba con fiereza, libre de edificios a su alrededor. Pero ya estaba casi llegando y no le prestó atención. Por dentro, Bárbara repasaba las nítidas imágenes que le quedaban de su padre en la memoria. Sintió cómo lágrimas calientes comenzaban a almacenarse en sus ojos lastimados.

Y tropezó. El bastón, mojado, no frenó la caída y, de pronto, Bárbara se vio con las rodillas hundidas en el barro y las manos ardiendo de haber parado el golpe. Sintió los latidos del corazón, acelerados, sacudiendo sus sienes y recordó por un segundo el golpe que le dejó sin vista y sin padre. La tromba de agua le llovió en la espalda, inmisericorde. Y rompió a llorar en silencio, petrificada bajo la lluvia, anclada en el barro. El tiempo se desdibujó y las fisuras en su cuerpo y mente quedaron a la luz, reflejadas en el agua de los charcos que la rodeaban.

Hasta que aflojó la lluvia, dando paso a una cierta claridad que no pudo ver. Con las gafas anegadas de agua por dentro y por fuera tanteó la viscosa tierra a su alrededor, en busca del bastón que se había escapado de su mano. Se incorporó lentamente mientras escuchaba el ruido de fondo de los coches alborotando los charcos en la carretera, todos ellos ajenos a su tragedia.

 

Artículos relacionados:

¿Quieres compartirlo?Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

2 Comentarios

  1. Ricky Morales

    14/03/2017 at 09:24

    La lluvia elegía sus momentos a conciencia y llueve sobre Mojados es una sucesión de momentos que respiran emoción. Muy bueno.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*