Macedonia Narrativa

Blog literario y de escritura creativa

Relato sobre el azar: ¡barajemos las cartas!

Tiempo de lectura estimado: 4 minutos

Dice un reciente tema de Amaral: misteriosas e infinitas son las leyes del azar, si pudieras elegir ¿cuál de ellas romperías? Justo estaba tarareando esta canción cuando resulta que la última sesión del Taller en 2016 estuvo dedicada a escritura creativa sobre las barajas de cartas de la que ha surgido este relato sobre el azar.

A simple vista, parece un tema mundano, porque es verdad que las cartas que pueblan bares y cafeterías entretienen a jóvenes y ancianos. Pero estas barajas son también símbolo del juego con sus virtudes y defectos y, además, tienen un halo de misterio al relacionarse con el mundo de lo esotérico, la adivinación y lo oculto.

La sesión fue muy divertida y jugamos con Max Aub y su novela Juego de Cartas. El ejercicio de escritura encargado consistía en escribir un texto relacionado con alguna carta, algún palo de la baraja o también era posible mezclar distintas figuras en una historia.

Y aquí va mi propuesta:

Los misterios del azar

Empecé a estudiar ingeniería agrícola porque quería hacer una carrera seria, si es que a los 17 años se puede distinguir lo que es serio de lo que no y si realmente existe tal diferencia.

Me acuerdo con nitidez de mi primer café en la facultad. Aquel día mi mundo cambió y yo, con él. Al llegar a aquella cantina desvencijada y gris, el as de espadas me atravesó el corazón y me lo dejó malherido, chorreando asombro e incomprensión. Mis previsiones (y esperanzas) de encontrarme en una carrera seria se disiparon en el mismo instante en que entreví, como setas, pequeños cuartetos de estudiantes jugando a las cartas, rodeados de curiosos. ¿Allí? ¿En serio? ¿En la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos?

Quise ignorar aquel descubrimiento y pedí mi café, aun sin dejar de mirar de reojo a aquellos experimentados jugadores y me alejé de allí tan rápido como pude. Por instinto, quería huir de aquel arte de matar el tiempo e intercambiar complicidades. Desde aquel día supe que tendría que convivir con esa tentación: solo de mí dependía enarbolar mis cartas o dejarlas guardadas, como lo habían estado los últimos años.

Y es que mi relación con las copas, los oros, los bastos y las espadas se remontaba a mucho más atrás en el tiempo, forjaban un vínculo que nació del pacto que guardábamos en secreto mi abuela y yo.

Cuando mi madre se marchó, mi abuela se vino a vivir con nosotros para echar una mano a mi padre y estar pendiente de mí. Apenas recuerdo a mi madre. Todavía hoy, no sé dónde está, si está, y por qué desapareció, aunque lo intuyo. Mi padre no quiere hurgar en un pasado que, por lo que parece, no es que fuera especialmente venturoso; y yo me imagino que ella tampoco me habrá echado mucho en falta si las historias que cuentan en el barrio son medianamente ciertas. En fin.

Oficialmente crecí sin saber qué es una sota, un as de espadas, un rey de oros o qué significa aquello de tener un comodín en el abanico de cartas que reparte la suerte cada vez. Incluso recuerdo que pedí a los Reyes el juego de Magia Borrás y llegó sin baraja de cartas. Es más, mi antiguo ordenador, que parecía protestar roncando al utilizarlo, no traía instalado de serie el juego del solitario. Alguien quiso erradicar la presencia de las cartas de mi vida. Y oficialmente así fue.

Sin embargo, mi abuela me tendió la mano para caminar juntos al borde de aquella legalidad impuesta por mi padre. Porque mi abuela mataba gran parte de su tiempo libre haciendo solitarios en la mesa de la cocina. Aquel era el terreno ideal donde podía esconder los naipes y evitar ser sorprendida por mi padre. Y yo, atraído por la curiosidad infantil de indagar en lo prohibido y, además, desconocido, no tardé en hacerme cómplice de mi abuela y guardar su secreto con celo.

Nunca llegué a desvelar la existencia de aquella baraja clandestina, aunque sabía de su escondrijo (al fondo del armario, detrás de la harina) y, a hurtadillas incluso llegué a recuperarla alguna vez y estudié de cerca aquellos naipes. Eran curiosos: admiraba los detalles de las figuras, la proporción exacta de los iconos respecto al número, la frondosa decoración de los majestuosos ases. Pero, ¿qué significaban? ¿De dónde venía el odio irracional de mi padre hacia aquellas tarjetas? Me lo preguntaba una y otra vez, aunque desde pequeño aprendí a ser prudente y guardarme aquellos interrogantes para mí. Ni siquiera mi abuela me dio detalles. Tampoco ella quería remover el pasado. Y mi madre, que era quién me lo podía contar de primera mano, había desparecido.

Aquella situación se prolongó hasta que mi abuela murió. Y allí me quedé yo con mi desconsolada tristeza, todas mis preguntas sin responder y su baraja española entre mis manos. La acomodé en un nuevo escondite donde durmió durante años, hasta empezar la universidad.

Como venía diciendo, al principio no quise saber nada de jugar a las cartas. Toda mi vida había navegado entre dos aguas marcadas por el aborrecimiento de mi padre y el secreto de mi abuela. Pocos entenderán mi dilema. Soy consciente.

Aguanté sin unirme a las cuadrillas de la cafetería el primer año. Ahora que lo recuerdo, mucho tiempo me parece. Pero así fue. Poco a poco empecé a acercarme al juego, a aprender mediante la observación. Me divertía, cierto es, pero no terminaba de estar convencido para lanzarme. Cargaba con una cantidad importante de sueños mal dormidos a la espalda, recuerdos temblorosos de mi temprana infancia.

Con la medalla de veteranía en la universidad (aquella que se consigue sin más mérito que ver los cursos pasar), agarré la baraja de mi abuela y me arrojé al vacío del juego. Puse una condición: si pasaba de espectador a participante, sería con la baraja gastada de mi abuela. Mis compañeros, divertidos, aceptaron sin problemas aquella excentricidad. Así fue cómo empecé a jugar a las cartas en la ETSI mientras estudiaba una carrera seria.

A la vuelta de los años aún conservo el secreto de mi abuela en forma de baraja, junto a todas esas preguntas que mi padre dejó sin responder y que yo tampoco quise llegar a formular. Las cartas enganchan, pero aún con su compañía, terminé mis días en la ETSI, que no fueron ni muchos ni pocos, sino los justos.

Y todavía hoy me digo: ¿se puede envidar la dignidad? ¿Puedes jugarte a tu familia en un órdago? ¿Qué ocurre cuando tu pareja te falla, cuando muere la complicidad? ¿Qué es lo que realmente perdió  mi madre en sus partidas de cartas?

Todas estas preguntas me las guardo para hacérselas a mi madre.

Cuando sea.

Si llega a ser.

 

Y aquí os dejo la canción de Amaral, por si os ha picado la curiosidad y no la conocéis:

 

 

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2 Comentarios

  1. Ricky Morales

    12/01/2017 at 16:52

    Con las cartas se puede hacer magia, y con las palabras también, como bien ha quedado demostrado en los misterios del azar.

    • Beatriz González

      12/01/2017 at 22:47

      ¡Hola Ricky! Resulta que cualquier cosa, por cotidiana que sea, encierra misterios que solo la magia de las palabras puede esclarecer… Muchas gracias por leerme y comentar 🙂

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