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Nunca imaginaste cuánto puede dar de sí el tema del pelo. Yo me di cuenta por los pelos en la sesión de escritura creativa sobre el pelo en el taller de Las Conchas. Y es que no pensé que tuviese tanta miga. Me equivoqué. Fue una sesión muy curiosa e interesante.

La propuesta de escritura creativa nos encomendaba escribir un texto a partir de las siguientes expresiones:

Por los pelos.

Así nos luce el pelo.

De medio pelo.

Pelillos a la mar.

Echar una cana al aire.

Hasta los pelos.

Pelos de bruja.

A pelo.

Ni un pelo de tonto.

No tener pelos en la lengua.

No verle el pelo.

Pelos de punta.

Soltarse el pelo.

Tomar el pelo.

Donde hay pelo hay alegría.

No cortarse un pelo.

No verle el pelo… Y cualquier expresión más que queramos añadir y que tenga que ver con el cabello.

La tarea nos dejaba bastante libertad, siempre que siguiésemos con la premisa de utilizar alguna de estas expresiones y darle un protagonismo especial al pelo.

De modo que, para qué esperar más, aquí va mi propuesta:

Con pelos y señales

Empezó a notar un leve malestar en el estómago. Un retortijón. Dos. Se relamió los labios; el pastoso sabor del aburrimiento invadía su boca. Cambió de postura en la cama, buscando aquella que retrasara las ganas de vomitar que la abrazaban por dentro. Pero no pudo más. Se irguió, tiesa. Una oleada de fuerza que nacía en su vientre la obligó a expulsar aquella bola de pelo que rodó hasta caer al suelo. “Lo siento, Javi”, se lamentó Luna, temiendo por un momento las consecuencias. En otro tiempo habría intentado encubrir aquel estropicio, pero últimamente la desidia podía con ella. Optó por olvidarse del tema y, dándose la vuelta, continuó durmiendo a pata suelta en la cama.

***

La llave tocó la cerradura de la puerta tres veces antes de entrar, produciendo ese sonido metálico que exasperaba a Javier y que no era otro que el eco del cansancio que acumulaba su cuerpo y su mente. Al llegar a casa ambas partes de Javier parecían intuirlo y optaban por desconectarse, dando lugar a movimientos torpes y descoordinados.

Javier se preguntaba cada día a cuanto ascendía la factura que le estaba pasando aquella vida de somníferas inyecciones, sobreiluminados quirófanos y pijamas de color aguamarina. Tras el golpe seco con sabor a cotidiano que dejan las puertas a su paso, se sintió en casa. Por fin.

Luna apenas se movió. Javier echaba de menos el calor de su bienvenida. Dejó la mochila y el abrigo en la entrada en un acto de liberación. Esta vez, una vez más, fue él quien acudió a saludar a su gata, que descansaba tranquila en el rincón de la cama que ya había hecho suyo. Javier apercibió el matojo de pelo en el suelo pero lo ignoró conteniendo su afán por la limpieza y el orden. “Mañana será otro día”, pensó.

***

Sonia, cada vez estoy más cansado. – dijo Javier, calentando sus precisas manos con la taza de café. Intentaba sonreír y ocultarse tras una fachada de normalidad, pero su creciente apatía se transformaba en nervios mal disimulables.

− Es totalmente entendible. El ritmo que lleváis no es normal.

− Dicen que pronto se incorporará otro anestesista y compartiremos carga de trabajo.

− ¿Cuánto llevas esperando nuevo compañero? Jordi os está tomando el pelo y no decís nada.

− Lo sé. Lo hacemos por la gente y porque es nuestro trabajo.

− Y así os luce el pelo.−dijo Sonia amargamente.

Javier bajó la mirada, como queriendo deshacerse de las ideas que llenaban su cabeza y nublaban su entendimiento de lo razonable.

− ¿Sabes, Sonia? Estoy pensando en cambiar. – Javier dejó la frase morir. Sonia frunció el ceño, interrogante. – Sí, cambiar. Empezar de nuevo, lejos de aquí. Adiós Jordi, adiós Hospital Regional, adiós a la planta 3 quirófano 327.

Sonia abrió mucho los ojos antes de desviar la mirada, pensando en lo que aquello suponía. Javier era un buen amigo y ella era la primera en saber que no tenía mayor atadura a aquel lugar que ese estresante trabajo y su gata.

– Y… ¿dónde quieres ir? – preguntó solamente Sonia, rumiando sus cavilaciones, pero recluyéndolas en su interior.

– Perú. Mi idea es probar un mes, aprovechando mis vacaciones. Lo he pensado mucho… solo me queda atar un fleco suelto. Y para eso te he llamado.

– No te cortas un pelo- dijo Sonia, entre incrédula y dolida por la partida.

– Te quiero pedir que te ocupes de Luna este tiempo. Provisionalmente.

Genial, Javi. Me has llamado para llenarme la casa de pelos de gato. – el médico no dijo nada, solo la miró, suplicante. Sonia recorrió la cafetería con su mirada y suspiró: – Está bien, lo haré.

***

Luna dio gracias a sus rápidos reflejos una vez más. Javier sacudió el edredón para hacer la cama y por los pelos se la lleva por delante. Estaba recogiendo la habitación con movimientos mecánicos, entre nervioso y apresurado. Las últimas semanas Luna había notado algo raro en su compañero de fatigas. Casi no le veía el pelo en casa. “Debía tener carga de trabajo extra,” se consolaba Luna. “En ningún caso – se decía – será porque me ha dejado de querer”.

Javier estaba distinto. Hacía cosas que no eran propias de él. Ya no había vuelto a maldecir los nidos de cabellos gatunos que se formaban en los rincones y en los no-rincones de la casa. Cualquiera diría que se había olvidado de ellos: ¿cuánto hacía que no usaba el aspirador? Aquel cacharro ruidoso asustaba y divertía a Luna a partes iguales. Esos detalles, unidos a la inexplicable falta de atención, incomodaban a la veterana félida.

Javier terminó de hacer la cama y pasó rápidamente al baño, ante la mirada atenta de Luna. La gata paseó tranquila encima de la cama y con parsimoniosos pasitos recorrió el espacioso salón, mientras seguía cavilando. No podía evitar sentirse un poco culpable.

En los últimos tiempos se había relajado con sus deberes de animal de compañía. Veía a Javier arisco y acelerado y eso le producía rechazo. ¿Dónde había ido a parar aquel joven muchacho que la abrazaba con ternura y paciencia? Ella también había cambiado: su talante se había adormecido acunado por el tiempo, la costumbre y la vida en común. Su pelo anaranjado era menos lustroso que antes y se desprendía de ella en mayor cantidad. Pero aún conservaba su atractivo original, ¿verdad que era así?

Y si no era así, daba igual. Luna había crecido y, fruto de su madurez, había perdonado la existencia a tantos trastos que había dado en acumular Javier en el apartamento. De todas maneras, pensándolo bien, él también había empezado a perder su propio cabello: ¿no sería la falta de protestas un gesto de solidaridad con ella?

Luna quería saber y no saber. Podía intuir lo que ocurría, pero quería oírlo de la boca de Javier. Frenó sus pasos desordenados y se sentó, paciente, delante de la puerta entreabierta del cuarto de baño. A ver, ¿qué demonios le pasaba a Javier aquella mañana de domingo?

***

Javier ultimaba su puesta a punto en el baño. Iba con más nervios que prisa. Se marchaba por un mes y ya no concebía echarse atrás. Sin embargo, abrió la puerta y se encontró a su gata sentada frente a él, esperando una explicación. Se miraron intensamente. En ese mismo momento, Javier supo que esa era la última barrera que tenía que saltar para conseguir su pasaporte a una nueva vida.

 

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