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Os preguntaréis el porqué de la foto que acompaña a este relato sobre viajes en tren: una vaca que pasea paralela a la línea que dibujan las desnudas vías del tren junto a un verde prado. Y es que hace unas semanas me entró una comezón por dentro fruto de mis días de instituto. Por entonces leímos en clase un cuento que dejó poso en mi memoria en forma de vaca que mira el tren. Una vaca que mira el tren pasar, que se inquieta al advertir el atrevido acercamiento de la máquina que se desliza patinando sobre las toscas vías férreas.

Después de darle vueltas y vueltas, sabía que era un cuento conocido que probablemente había sido escrito por un autor de los que se estudian en bachillerato y que yo no llegaba a identificar. Por lo que, teniendo eso en cuenta, no podía ser muy difícil de encontrar. Esta vez Google acudió en mi ayuda de verdad (no como en otras poéticas ocasiones), y di con el escurridizo cuento, que no era otro que “¡Adiós, Cordera!” de Leopoldo Alas “Clarín”. Aquí está la imagen que mi recuerdo quería recuperar:

Aquella paz sólo se había turbado en los días de prueba de la inauguración del ferrocarril. La primera vez que la Cordera vio pasar el tren se volvió loca. Saltó la sebe de lo más alto del Somonte, corrió por prados ajenos, y el terror duró muchos días, renovándose; más o menos violento, cada vez que la máquina asomaba por la trinchera vecina. Poco a poco se fue acostumbrando al estrépito inofensivo. Cuando llegó a convencerse de que era un peligro que pasaba, una catástrofe que amenazaba sin dar, redujo sus precauciones a ponerse en pie y a mirar de frente, con la cabeza erguida, al formidable monstruo; más adelante no hacía más que mirarle, sin levantarse, con antipatía y desconfianza; acabó por no mirar al tren siquiera.”

Leopoldo Alas “Clarín” en “¡Adiós Cordera!”

Os invito a leer el cuento completo que podréis encontrar en este enlace.

He querido retomar el tema de los viajes en tren porque despierta muchas imágenes emotivas en mí. Viajé mucho de Peñaranda a Madrid y viceversa en los días en que allí estudiaba. Los recuerdos de dejar el pueblo para proseguir la tan diferente rutina, el trajín diario, son vívidos aún hoy. Y parece que en estas fechas de viajes de ida y vuelta estas remembranzas se trasladan al presente.

Por eso, cuando en el taller de escritura tocamos el tema de los viajes en tren, precisamente, escribí uno de los primeros textos que nacieron de una de las sesiones. Y que partía de la siguiente premisa: “un tren AVE sale de Puerta de Atocha en el mismo instante en el que hace su llegada un ALVIA. Dos ventanillas quedan enfrentadas y dos miradas se cruzan. Cuéntalo”.

Y aquí va mi propuesta:

En otro tiempo

En otro tiempo, en otro mundo, en otro viaje…

En otro tiempo, en otro mundo, en otro viaje aquello no habría importado. En este, importó.

Las luces de neón apenas alumbraban aquel andén extrañamente desprovisto de una incesante actividad nocturna. Victoria tenía la mirada desdibujada, posada en el cuaderno de ejercicios, que descansaba tranquilo encima de la mesita desplegada del tren. Por suerte, la luz mortecina del vagón era suficiente para leer. Por desgracia, a aquellas horas ya no le quedaban ganas ni fuerzas de repasar más gramática inglesa. El móvil, sin batería.

Apenas se distinguía nada allá afuera. Siete minutos para medianoche, para la salida del tren nocturno hacia el norte. Victoria veía su reflejo en el cristal, pero ya estaba harta de reconocer aquel rostro cansado. Durante semanas casi no había visto otro. Un compañero de andén en forma de Alvia hacía su entrada calmosa en Atocha. Un simple reenfoque de sus miopes ojos y ahí estaba él, también mirando. En otro tiempo, en otro mundo, en otro viaje aquello no habría importado. En este, importó.

Jorge intentaba serenarse: una vez pasado Madrid, apenas media hora le separaría del tan deseado encuentro con Isabel. Había desterrado su móvil al fondo de la cartera, no quería tocarlo más. Su enfermiza obsesión de consultarlo cada segundo había minado la tan codiciada batería. Debía conservarlo… por si algo se torcía y lo llegaba a necesitar… Era el primer pensamiento que le venía a la cabeza. En el fondo, temía no encontrar rastro de Isabel. ¿Marchaba todo bien entre ellos? Sí… ¿no?

Sacudió la cabeza e involuntariamente chasqueó la lengua. Si estaba en aquel tren es que la cosa iba bien. Se querían. A pesar de los ríos, las montañas, los bosques y las ciudades de cemento que los separaban. Jorge suspiró y sus ojos se dejaron llevar hacia la mochila otra vez. En el camino, corrigió la trayectoria a tiempo y miró más allá de la ventanilla, donde las imágenes parecían ralentizarse con la cadencia parsimoniosa de los trenes que llegan a una estación con parada y no es la tuya. Un AVE parecía calentar motores enfrente. Era difícil para él aguantar una mirada desconocida, pero Jorge aguantó aquella. Y era penetrante. En otro tiempo, en otro mundo, en otro viaje aquello no habría importado. En este, importó.

 

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