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La sesión del taller de escritura que dedicamos a La Casa (con mayúsculas) fue muy sentida, sobre todo por la tremenda nostalgia que evoca el tema. Y es que hablamos sobre lo cotidiano y lo doméstico como germen de la escritura creativa. En este sentido, repasamos a autores como el poeta Luis Rosales con “La casa encendida” o el novelista gráfico Paco Roca con su cómic “La Casa” (publicaré una reseña sobre él próximamente).

Como ejercicios de escritura creativa, contábamos con dos opciones. En primer lugar, podíamos describir una casa (la actual, la de nuestra niñez, la del pueblo…). Como segunda posibilidad, el ejercicio decía así: “en la mayoría de las casas hay un cuarto de estar. Pero en algunas, muy pocas, también hay un cuarto de ser y otro de parecer. Inventa una historia sobre estos cuartos de la casa”.

Quise darle una vuelta al tema y aquí os dejo en compañía de mi relato sobre un hogar un tanto singular:

Derinkuyu

Por su cumpleaños, Aysel pidió un único regalo: ver la luz del sol de verdad. Era una maniobra arriesgada, pero Demir no pudo negarse, pues cumplir el deseo de su hermana estaba al alcance de su mano. Y, por primera vez, se dejó acompañar hasta la puerta.

Aysel contuvo la respiración en un instante mágico. Un profundo recogimiento le impidió pestañear, pese a que el afilado viento sacudía con fuerza su rostro. El frío, despiadado, atravesaba la túnica de la joven en el umbral de la cueva. Fuera, el sol hacía vanos esfuerzos por penetrar las tupidas nubes que lo escondían de la mirada de los hombres. Un día más, la fría neblina desdibujaba el horizonte boscoso que componía el extremo superficial de la ciudad subterránea de Derinkuyu.

Demir la apremió: había llegado el momento de regresar. Entre temerosa y fascinada, Aysel observó por última vez aquellos retazos de una realidad que no era la suya y que se le antojaba extraña y seductora. Sabedora de los riesgos que corría su hermano, la joven murmuró unas apresuradas palabras de despedida y tomó el camino de vuelta, algo agitada.

Solo se sintió tranquila después de haber descendido un par de pisos y serpenteado a lo largo de aquellos pasadizos cavados en la roca. La calidez de los túneles alumbrados con lámparas de aceite la envolvía en un halo de seguridad dichosa.

Durante toda su vida, Aysel se había afanado en desarrollar un complejo mapa mental donde iba guardando con celo el lugar exacto de cada rincón de la ciudad bajo tierra. En su interior, jugaba con el lenguaje e instalaba a capricho cuartos de ser, cuartos de estar y cuartos de parecer, dándole un sentido íntimo y especial a la radiografía de Derinkuyu que portaba en su mente.

La joven retornaba al vientre de la tierra caminando con los brazos escondidos bajo la túnica, buscando recuperar el calor que había perdido en la superficie. En aquellos pasajes subterráneos la temperatura era constante y bastante superior a la que asolaba el desconsolado mundo exterior. Aysel se sentía protegida en aquel gigantesco cuarto de estar. Derinkuyu era su hogar. Era una ciudad que vivía enterrada desde hacía siglos y que servía de refugio para los que no habían sucumbido a una glaciación que había arrasado civilizaciones enteras.

Compartía aquel orgullo de pueblo valeroso, superviviente, seguro de sí mismo. Y sin embargo, cada vez más frecuentemente acudía a la sala de culto en busca de un consuelo que no le podía dar la seguridad de su mapa mental. Por ello, a Aysel no le costó llegar a aquella estancia circular ubicaba en la zona central del octavo nivel.

Entró despacio: la abundancia de luz parecía advertirle el hecho de estar internándose en un lugar sagrado. Un número excesivo de antorchas rodeaban las cuatro columnas que sujetaban la cúpula más grande de Derinkuyu. Aysel sacó las manos de entre sus pesados ropajes. Por fin estaba en su cuarto de ser, donde podía dejar de esconderse.

El templo había sido tallado en la roca formando una circunferencia exacta en cuyo centro se situaba, sobre un pilar, el disco de Haarina. Aquel símbolo de la diosa-sol había sido esculpido en la misma piedra anaranjada que componía el resto de la ciudad. Una pieza circular, forjada en un metal dorado, rodeaba el disco y le otorgaba un brillo sobrenatural.

La joven se acomodó en uno de los montículos de piedra pulida que servían de bancos en aquel austero templo. Cerró los ojos y se dejó acariciar por el calor que emitía el fuego. Se sintió libre de poder conversar con su diosa.

Aquel día, su hermano Demir le había regalado un vistazo al mundo más allá de Derinkuyu. Aysel pensaba acallar su desasosiego comprobando con sus propios ojos lo inhóspito de la realidad fuera de los seguros muros de su casa. Por supuesto, creía en los testimonios de los rastreadores, entre los que se encontraba Demir, que sí salían a menudo en busca de leña, alimentos y demás provisiones. Pero le costaba enormemente conformarse con una larga y previsible existencia subterránea para el resto de su vida.

Aysel miraba fijamente el disco de piedra y metal. Allí era capaz de confesar la verdad que inquietaba a su corazón adolescente: amaba vivir en Derinkuyu, pero… ¿cómo sería ver sin necesidad de lámparas? ¿Le gustaría corretear libremente, sin conocer la dirección exacta del camino? ¿Es verdad que hubo un tiempo en que el sol brilló con fuerza? Y, en silencio, preguntaba directamente a la diosa: “Haarina, ¿tú te enfadarías si nos instaláramos fuera?”

No podía evitar sentir curiosidad, una curiosidad turbadora que le susurraba al oído interrogantes sin respuesta y que le empujaba a salir a la luz para resolverlos por ella misma. Lo peor de todo es que sabía que esos pensamientos estaban prohibidos para ella, que vivía día a día y sin remedio en un cuarto de parecer. Así llamaba Aysel a la estancia que habitaba con su familia. Cada integrante de Derinkuyu debía desempeñar un papel y, para ella, no estaba permitido ser rastreadora como Demir. Como mucho, aspiraba a ser cocinera y llegar a sustituir a su madre. Sí, era una ocupación que gozaba de prestigio, pero ese futuro escrito no aliviaba la inquietud de Aysel.

¿Y si todo aquello no fuese más que una farsa? Pero, el terrible frío que ella misma había sentido en el umbral de la superficie era la prueba que confirmaba la realidad a la que pertenecía. Había experimentado en sus propias carnes la clara evidencia que demostraba que necesitaban guarnecerse en Derinkuyu para sobrevivir al temporal. Y, al mismo tiempo, Aysel no paraba de preguntarse cómo sería la vida allí fuera.

El metálico sonido del gong anunciando la hora de almorzar cortó la cadena de pensamientos que angustiaban a la joven. Hacía un rato que se había quedado sola con Haarina, pues sus acompañantes se habían marchado, prestos, a comer. Aysel se levantó y, en soledad, murmuró la oración de despedida de la diosa-sol. Pronunciaba cada palabra con los ojos vidriosos, mirando el disco sin poder evitar sentirse atrapada entre muros, unos muros conocidos y seguros, pero muros a fin de cuentas.

Salida de una cueva, luz de fondo

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