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Salía apresurada de la biblioteca de Las Conchas un miércoles, después del Club de Lectura, cuando me pararon en la puerta y me dieron un folleto sobre los debates públicos que allí tienen lugar cada jueves. Nunca antes había asistido y me llamó la atención el tema del próximo que se celebraba: el Tiempo.

El Tiempo nos está matando ¿y no vamos, tan siquiera, a intentar descubrir que es?”. Con esta frase empezaba la presentación del debate publicada en la web, parafraseando a su vez al libro que iba a guiar la conversación: “Contra el tiempo”, del filósofo Agustín García Calvo.

El tema había seducido a una veintena de asistentes que entraron a cuentagotas en el subterráneo de las Conchas. La complejidad de la cuestión pronto se hizo notar y la sesión apenas dio para llegar al segundo capítulo. Intrigada, saqué el libro de la Biblioteca para echarle un vistazo. Se trata de una obra filosófica bastante densa, aunque en el debate tocamos algunas aristas de la cuestión que me parecieron interesantes.

La distinta concepción del Tiempo en latín y griego: el origen de la contradicción

“Contra el tiempo” trata de desmontar el mito del concepto de Tiempo con mayúscula que se ha instaurado como único y absoluto. Esta concepción trata al Tiempo como si fuese una fina línea que transcurre, huidiza, con un principio y un final, un antes, un ahora y un después o un pasado, presente y futuro, no es común en todos los idiomas.

“A cada paso, lingüistas, antropólogos, etnólogos o sociólogos nos dan cuenta, con más o menos asombro y fidelidad, de que en las otras lenguas, las dominadas o marginadas, no se encuentra algo que corresponda a la idea tiempo de las nuestras,” dice García Calvo. De hecho, para más inri, ni siquiera en las raíces de nuestra lengua, estuvo tan claro el concepto del Tiempo.

En latín y griego, existían dos palabras distintas que hacían referencia a ideas ligadas al Tiempo. Por un lado, el griego aión, y el latino aetas se acercan más a la noción de duración: “indefinida y continua duración del tiempo”, “tiempo como una extensión “vista de una vez” como puede ser una vida, una época una era”…

Por otro lado, están el griego chrónos y el latino tempus, que ha dado origen a nuestra palabra en castellano. Con estas otras denominaciones se buscaba transmitir un tiempo compuesto de pequeños hitos que, siguiendo un efecto dominó, forman un transcurrir; es decir, un conjunto de “situaciones en el tiempo”.

La evolución de las lenguas modernas ha establecido una palabra única para hacer referencia al Tiempo. Sin embargo, García Calvo arguye que esta unión de conceptos no es más que un disfraz que oculta una terrible contradicción. Un intento fallido de “domesticar la infinitud” porque al final, todos nos referimos al Tiempo con un doble significado paradójico:

  • Por un lado, es algo que podemos manejar, medir, contar, ponerle precio (el tiempo el dinero, dinero es tiempo).
  • Por otro lado, todos reconocemos que el Tiempo es algo que se nos va, que se escapa, se nos escurre entre los dedos sin poder asirlo.

Y muchas veces decimos que no tenemos “tiempo material” para hacer algo, en ese afán de reflejar esta doble dimensión del concepto Tiempo.

A partir de este primer análisis, García Calvo despliega sus 15 ataques contra este concepto de Tiempo. El libro está salpicado de dibujos de corazones atravesados por una flecha con el ánimo de ilustrar el Tiempo. En este caso, no es el amor el que atraviesa el corazón, sino el Tiempo, ese Tiempo con mayúscula que nos inquieta y que tiene un extremo punzante que indica dirección o sentido y que va hiriendo al corazón paso a paso, inexorable.

Tras la guerra contra el concepto de Tiempo, García Calvo cierra el libro con una tregua. En una entrevista para El Mundo, el filósofo explica este alto al fuego: “sí, la tregua está en relación con que no puede esta guerra llegar a una conclusión, a una paz […]. Se llega simplemente a una tregua porque uno está cansado y el libro pasa de las 300 páginas”.

El desasosegante tiempo

Antonio Machado reflejó el sentimiento de este tiempo irrevocable e imparable en “el poema de un día” que se comentó en el debate y cuyo fragmento me permito citar aquí:

¡Llueve, Señor, llueve, llueve!

En mi estancia, iluminada

por esta luz invernal

—la tarde gris tamizada

por la lluvia y el cristal—,

sueño y medito.

Clarea

el reloj arrinconado,

y su tic-tic, olvidado

por repetido, golpea.

Tic-tic, tic-tic… Ya te he oído.

Tic-tic, tic-tic… Siempre igual,

monótono y aburrido.

Tic-tic, tic-tic, el latido

de un corazón de metal.

En estos pueblos, ¿se escucha

el latir del tiempo?  No.

En estos pueblos se lucha

sin tregua con el reló,

con esa monotonía

que mide un tiempo vacío.

Pero ¿tu hora es la mía?

¿Tu tiempo, reloj, el mío?

(Tic-tic, tic-tic…) Era un día

(Tic-tic, tic-tic) que pasó,

y lo que yo más quería

la muerte se lo llevó.

Antonio Machado

Acercándonos más a nuestros días, se le ha dado una dimensión desasosegante al tiempo con máximas como “el tiempo vuela” o “el tiempo es oro”. Al final, se trata de aprovechar el tiempo mirando siempre hacia el futuro y la economía. Los relojes, los calendarios… no han hecho más que intentar domeñar algo inconcebible e infinito.

En definitiva, ¿qué es el tiempo? Para mí, es el más grande regalo que se le puede hacer a nadie… Eso sí, filosóficamente… ¿acaso alguien lo tiene claro? Se preguntaba José Manuel Caballero Bonald: “¿Cómo evitar el simulacro, | cómo vivir sin desvivirnos? “ Y respondía el mismo poeta: “Somos el tiempo que nos queda.”

P.D. No quería terminar este post sin recomendar los debates públicos “Dejarse Hablar” que se celebran en las Conchas cada jueves a las 20.00h. Se tocan temas muy interesantes, ¡animaos a participar! En este enlace podéis consultar los próximos temas que se van a tratar.

 

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