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La jornada del sábado en la Alcarria fue muy intensa. Sus 24 horas parecían contener otras tantas horas, como si el día tuviese forma de muñeca rusa. Disfrutamos cada minuto con gran energía y las anécdotas parecían multiplicarse. Por ello, he dividido en dos artículos el segundo día del Viaje a la Alcarria 2017. Esta es la segunda parte en la que recorrimos Cívica y Brihuega.

Os pongo en el contexto de nuevo: tras la ruta emulando a Cela, las visitas guiadas de Pastrana y la comida de las que ya hablé en la primera parte, nos dirigimos hacia Cívica, pedanía junto a Brihuega para pasar el resto de la tarde.

El enigma de Cívica, ‘nuestra Budia’

Ya en el coche de camino a Cívica aproveché el momento para consultar las guías de Castilla la Mancha y Guadalajara que traje conmigo al viaje. Por supuesto, eran libros de la biblioteca que saqué en caso de necesitar inspiración durante nuestro periplo y poder conseguir información de un vistazo. Cargado de estoicismo, César conducía el coche guiado por el GPS y Javi y Lidia nos seguían en la carretera. El sol no daba tregua. Con el runrún del aire acondicionado de fondo, busqué algún dato más que nos preparara frente a la visita a Cívica. Sin embargo, en las guías apenas se le dedicaban un par de líneas y en algunos tramos del trayecto casi no había cobertura así que tampoco el móvil podía ayudarme…

Aun así, encontré información adicional sobre tan pintoresco lugar. Cívica es una pedanía que pertenece al municipio de Brihuega y en 2016 tenía 13 habitantes censados. La particularidad de este enclave es la llamada “ciudad de Cívica”, que sorprende al viajero al aproximarse al sitio desde la carretera.

Guiados por las señales que indicaban Cívica – nombre que también figura en algunos carteles como Cíbica – subimos hasta el pueblo en coche dejando atrás el conocido “monumento” y adentrándonos en el núcleo de este pueblo.

El encuentro con los vecinos de Cívica

Las calles de la pedanía se sitúan justo detrás del enclave excavado en la roca y para llegar a ellas hay que subir una empinada cuesta asfaltada. Con temperaturas imposibles, aparcamos los coches a la sombra para dejar descansar los chasis de tanto sol. Estábamos justo en el centro de Cívica, formado por una media docena de casonas. Estiramos las piernas y nos refrescamos junto a la fuente que manaba agua fría para intentar deshacernos del calor que llevábamos pegado en la piel.

La ciudad de Cívica desde cerca

La ciudad de Cívica desde cerca. Justo detrás, en el alto, se encuentra el núcleo de la pedanía.

Algo desorientados, anduvimos alrededor de aquellas minúsculas calles preguntándonos cómo podíamos llegar a pie a la zona inferior y así olvidarnos de los coches por un rato. A pesar del ambiente cargado de la tarde alcarreña, estábamos animados y conversábamos y reíamos, carentes de preocupaciones. Además, por primera vez podíamos dejar los coches a la sombra, esperando recuperarlos sin que se hubiesen transformado en hornos con ruedas.

Cívica es en esencia un lugar silencioso y allí llegamos con nuestra algarabía para quebrar su pacífico ambiente. Alertado por nuestras voces, un vecino se asomó a la ventana para observarnos, sigiloso. A primera vista, representaba a la perfección el prototipo de pirata: peinaba canas en cabeza y barba y tenía el torso desnudo. Reparamos en él y sonrió al sentirse descubierto, saludándonos de buen grado para después volver a ocultarse entre las sombras de la casona.

Pero la verdadera atracción de Cívica solo podía verse descendiendo por un pequeño camino horadado en el monte, pues la carretera, para superar el importante desnivel, daba un rodeo mucho más largo. Estábamos estudiando qué dirección tomar cuando otro vecino de Cívica salió a nuestro encuentro aprovechando la momentánea confusión. Tuvimos la sensación de que nos había estado vigilando desde la distancia, midiendo nuestras acciones y esperando el momento oportuno de salir a escena.

Al igual que el vecino de la ventana, este también tenía el pelo cano, pero un porte muy distinto. Con gafas de sol, vestía un moderno polo rosa fucsia y pantalones cortos además de llevar sandalias de cuero. El detalle que más llamaba la atención era el imponente bastón que blandía. Fue su voz seria y profunda la que nos hizo fijarnos en su figura, que se situaba frente a nosotros, justo en medio del camino, cortándonos el paso:

−No se puede aparcar ahí. No pueden dejar los coches junto a los bancos. ¿No ven que hay otra zona aquí para dejarlos? − dijo mientras nos señalaba con el cayado un arcén cubierto de hierba seca al borde del camino. La tierra, a pleno sol, estaba a unos pocos metros del lugar que habíamos escogido nosotros a la sombra.

−Serán solo 10 minutos, vamos a bajar a verlo y poco más. −contestó César. El señor se retiró a un lado a regañadientes. Sin embargo, la respuesta no le convenció:

−Ese sitio es para sentarse en los bancos, no para aparcar coches.

Miramos a izquierda y derecha tratando de entender de dónde iba a brotar la gente para utilizar aquellos bancos de piedra a las cinco de la tarde con el termómetro marcando 38 grados.

−Volvemos enseguida…− murmuramos, apretando el paso.

El vecino entró de nuevo en su casa rezongando por lo bajo. Se sentó en el porche exterior y desde allí nos lazó miradas mortíferas ante nuestra impertinente desobediencia.

Sorprendidos por el amargo encuentro, descendimos con grandes zancadas por el monte. Desde abajo y más de cerca sí que pudimos admirar por qué es conocida la pedanía de Cívica como un lugar rodeado de misterio. Es un sitio extraño, que no se entiende.

La ciudad de Cívica vista desde la carretera

La ciudad de Cívica vista desde la carretera

Al parecer, los orígenes se remontan a los años sesenta cuando un sacerdote de una localidad cercana estuvo tallando la piedra y decorándola a su gusto. Lo que se ve en Cívica es una especie de cuevas horadadas en la roca, balaustradas y extrañas cavidades. Es una propiedad privada que se encuentra abandonada y numerosos carteles advierten del frágil estado de la estructura.

En la parte inferior del pueblo hay un bar de carretera junto al río Tajuña. Deseosos de reposar el viaje desde Pastrana improvisamos y decidimos tomar unos refrescos. El merendero estaba un nivel inferior respecto a la “ciudad de Cívica”, junto al río y rodeado de un césped verde y bien cuidado. Sintiendo la hierba fresca bajo nuestros pies, examinamos con detenimiento el monumento que se exhibía justo frente a nosotros. No obstante, el refrigerio fue breve: el tiempo apremiaba ante la cita en Brihuega, así que apuramos las bebidas rápidamente y desanduvimos nuestros pasos.

Sin embargo, el norte no olvida y Cívica tampoco, así que el señor, al vernos, salió disparado de su casa:

− Diez minutos decían, diez minutos… ¡Que ahí no se puede aparcar! Que esos bancos están para que la gente los utilice y se siente. ¿No veis que con los coches delante no corre el aire? − se quejaba a viva voz mientras nos perseguía bajo un sol de justicia, sin soltar el garrote.

Murmuramos una disculpa que, sin duda, se le quedó pequeña. Pero por mucho que buscábamos, allí no había gente y tampoco corría el aire, pero ni en el banco, ni abajo en el césped, ni en ninguna parte. Estábamos en plena ola de calor…

Corrimos para recuperar los vehículos, esperando encontrarlos en el mismo estado en que los dejamos. No había cartel alguno y tampoco vado permanente, pero el vecino tenía muy claras las reglas de circulación y estacionamiento de Cívica:

− Tenéis un sitio perfecto para aparcar aquí al lado y os empeñáis con los bancos. – repetía  mientras nos perseguía desde la retaguardia.

Antes de entrar en el coche, terminamos reparando en la presencia del vecino de la ventana quien, asomado en el mismo alfeizar, nos seguía con la mirada. Parecía emular a la Princesa de Éboli en la plaza de la Hora aunque no lucía parche en el ojo. Eso sí, antes de partir, al menos nos dedicó un amigable saludo con la mano.

Brihuega, el pueblo del agua

En Brihuega nos esperaba su alcalde, Luis, para liderar el paseo por el pueblo enseñándonos los  principales monumentos. Iniciamos el recorrido en la misma puerta que atravesó Cela en su Viaje a la Alcarria:

“Al lado de la fonda, el viajero se encuentra con la puerta de la Cadena, por la que se mete en el pueblo. La puerta de la Cadena tiene una hornacina con una Purísima, y debajo una lápida de mármol blanco que dice: 1710-1910. La villa de Brihuega en el segundo centenario de su memorable bombardeo y asalto.”

Puerta de la Cadena en Brihuega

Puerta de la Cadena en Brihuega

Detalle de la Puerta de la Cadena en Brihuega

Detalle de la Puerta de la Cadena en Brihuega

Brihuega es un pueblo con vida, lleno de restaurantes y comercios locales. Se palpa la abundancia de agua: hay fuentes y pilones por todas partes, algo que agradecimos los viajeros. Sorprendimos conversando a un grupo de señoras sentadas en la calle para tomar el fresco, y quienes no dudaron en saludarnos al pasar.

Fuente en Brihuega

El pueblo cuenta además con una rica historia ya que fue un importante enclave de convivencia entre árabes, judíos y cristianos. Desde los orígenes fue una villa artesana, donde además se instaló la fábrica de paños en el s. XVIII. Junto a este edificio redondo, recalamos en los preciosos jardines de Brihuega, que ya admiró Cela:

“El jardín de la fábrica es un jardín romántico, un jardín para morir, en la adolescencia, de amor, de desesperación, de tisis y de nostalgia. Al lado del gracioso almendro, que parece una señorita muerta, crece el ciprés solemne, que semeja un penitente vivo. Tras los podados, recortados bojes, florecen las paganas rosas de Jericó. Frente al mirto perenne, palidece la montaraz madreselva. El viajero pasea entre los rododendros y, sin poderlo evitar, se le llena la mente de tiernos, insalubres versos de Shelley: el vino, la miel, un capullo lunar, la zarzarrosa…”.

Entrada a los Jardines de Brihuega

Luis nos explicó que, durante la guerra civil, el pueblo sufrió las consecuencias de los bombardeos y la destrucción – no en vano Guadalajara fue campo de batalla entre ambos bandos- y tardó bastante tiempo en recuperarse. Decía Cela:

“Las gentes de Brihuega hablan de antes y después de la aviación como los cristianos hablan de antes y después del diluvio”.

Hoy en día apenas se distinguen restos de aquella devastación, puesto que se está haciendo un gran esfuerzo por rehabilitar los principales edificios históricos. Un ejemplo de ello es el Castillo de la Piedra Bermeja, donde no pudimos entrar pero cuya apertura está prevista para más pronto que tarde este verano.

Nos despedimos de Brihuega acumulando detalles en nuestras pupilas de cada rincón encantado. Es un pueblo precioso que emana leyendas por los cuatro costados.

Misterio en el camino de vuelta a Durón

“El viajero, de nuevo sobre la carretera, recién descansado, piensa en las cosas en la que no pensó en muchos años, y nota como si una corriente de aire le diese ligereza al corazón.”

Camilo José Cela en Viaje a la Alcarria

De vuelta a Durón desde Brihuega sentí algo así. La carretera zigzagueaba y precisamente no estábamos descansados como el escritor, pero fue asombroso encontrar a unos pocos kilómetros de distancia de Budia un imponente convento o monasterio junto a la carretera, plantado en medio de la nada, rodeado de pura naturaleza.

¿Qué era aquel sitio? ¿Estaría habitado? ¿Por qué se construyó allí, alejado de todo? Las preguntas se agolparon en mi cabeza y anoté las coordenadas aprovechando un hilo de cobertura GPS.

Ya en Salamanca investigué acerca de este edificio tan curioso. El lugar no aparecía nombrado en Google Maps y no había información clara en internet. Sin embargo, después de un rato de investigación logré dar con la respuesta: se trata del Santuario de Nuestra Señora del Peral de Dulzura, dato que contrasté con Antonio Herrera, autor del post donde se habla de este edificio religioso y gran conocedor de Guadalajara y de sus tradiciones y costumbres.  También os dejo el enlace del enclave en Google Maps por si queréis verlo desde la carretera, aunque aquí os muestro unas fotos:

Vista del Santuario de Nuestra Señora del Peral de Dulzura en Budia desde lejos

Vista en Google Maps desde la carretera. Hacer clic para ampliar.

Vista del Santuario desde más cerca en Google Maps. Hacer clic para ampliar.

Al parecer el Santuario no está habitado y se abre un par de horas los domingos, pero no hay nadie que lo cuide ni lo mantenga. Me cuenta Antonio Herrera que el primer domingo de septiembre se celebra una romería que parte desde Budia hasta llegar al Santuario a pie. Según leo en los folletos que nos dieron en Budia, el lugar fue construido después de que se apareciese la Virgen en aquel enclave específico, de ahí su lejanía respecto a cualquier otra edificación. ¿No os parece fascinante?

El descanso ansiado en Durón

Llegamos a Durón acompañados de la puesta de sol. El cansancio de una larga jornada nos pesaba y nos relajamos charlando junto a la piscina de Teresa. Observamos el cielo limpio, estrellado. Es algo intimidante saberse muy cerca de una central nuclear. Desde la Finca de Gaia no se ven las dos torres de la instalación en Trillo pero en una mañana clara y despejada, se atisban las dos columnas de vapor de agua emergiendo del otro lado de los montes que separan un sitio de otro. Vimos luces detrás de esas montañas y la imaginación nos jugó una mala pasada. En realidad, eran las fiestas de Trillo y aquellos destellos tenían más que ver con la verbena del pueblo que con la central nuclear.

Aquella noche parecía propicia para vislumbrar un OVNI o alguna presencia extraña. Ya me hubiese gustado (o alucinado), pero la tranquilidad reinaba unos metros más allá de la Finca. Un sonido inclasificable nos desconcertó: desde luego no era un ladrido ni tampoco asemejaba provenir de un ave. Teresa nos aclaró las dudas para que echáramos el freno a nuestras conjeturas: se trataba de un berrido de corzo que, despierto con la fresca de la noche, parecía querer unirse a la conversación desde el monte.

 

Como cierre, aprovecho para compartir además el vídeo de la segunda jornada al completo, realizado por la Diputación de Guadalajara:

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